martes, 3 de julio de 2007

Un nuevo, inútil, cruel y disparatado derramamiento de sangre que generará dolor y ningún beneficio para nadie. Ningún asesinato es tan execrable como los que perpetran los terroristas que se llevan por delante a cualquiera que casualmente pase por allí cuando la bomba estalla. Matar sin saber a quién, con la exclusiva finalidad de generar miedo, es el colmo de la inhumanidad con que puede el hombre manifestarse. Extraña clase de gente, rara especie, somos, que sin abandonar la apariencia humana podemos ser en realidad inhumanos, ya que hemos acreditado ser capaces de actuar como si lo fuésemos. Y algo habrá que inventar, físico o químico, susceptible de desmontar del esquema de la persona esta capacidad perturbadora de cualquier posibilidad de convivencia. Algo que detenga la mano de cualquiera a quien se le ocurra quitar la vida a alguien, que le suspenda la idea de matar, en agraz, nada más pasársele por la imaginación, ya que al parecer siglos de progreso en la civilización han sido insuficientes para erradicar la violencia, la tortura y la muerte como sinrazones nuestras de cada día. Y te paras a pensar, sin embargo y se te ocurre que podría ser la mano asesina herramienta mediante que Dios ayuda a alguien a morir de esa manera súbita, inesperada, temible, para evitarle percances mayores, que tal vez no habría sido la víctima capaz de superar. Que escribe, decían los clásicos, Dios, derecho, con los renglones torcidos. Y si tal consideración en nada empece la condenación de la barbarie, proporciona al menos un atisbo de consuelo.

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