lunes, 2 de julio de 2007

El domingo, los domingos, la casa está llena de niños y de perros, que, alternativamente, se persiguen gozosos entre gritos y ladridos excitados. Luego, los niños asisten boquiabiertos a la sesión de dibujos animados y los mayores comemos entre un constante entrecruzarse de los floretes verbales, que, con las puntas achatadas, se manejan sin el menor ánimo de herir. Sólo tratando de provocar cada sonrisa con que las familias se cohesionan y apoyan para emprender cada lunes la convivencia con el resto del mundo. El domingo es un día especial. Se advierte desde la mañana, cuando no hay nadie en la calle porque no sé si el sueño se aferra a la gente o viceversa, y casi todos no quedamos en el jirón de niebla de la duermevela, que es domingo y todo puede esperar. Lo que pasa es que nadie ni nada espera y el tiempo nos recorre sin descanso, que ya podía, digo yo, descansar de algún modo los domingos, quedarse en agua quieta, suspender todos los plazos que han de cumplirse, según el refrán, de modo inexorable, pero que supiésemos que ningún domingo podría quedarse sin sol y sonrisas, sin envejecer a nadie ni que la muerte se llevara su porción de caravana, sin concederse el más mínimo descanso, ni tregua a nosotros. Los niños juegan, se intercambian sus quisicosas, hablan con ellas con voz aflautada, que finge ser la de cada muñeco inerte, sumido en su expresión siempre la misma. ¿Son los muñecos habitantes de un mundo donde es domingo y el domingo se detienen todas las cosas como en el agua dormida de un remanso olvidado?

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