domingo, 13 de enero de 2008

Ha muerto un poeta, Angel González y el mundo está triste, aunque haya gente que no lo sepa, ni sepa a qué se debe la tristeza de los brotes que apuntan ya en las plantas desde que rompió la mimosa de la ladera del monte. Angel González era un poeta con el alma rasgada y cicatrizada de escepticismos, que seguía, siguió hasta morir, cultivando la estética de sus versos, apoyada en el amor que tenía a la vida.

Han preferido, casi al mismo tiempo, una letra, de entre varias o muchas propuestas, un letra para el himno de España, que, como suele ocurrir, gusta a unos y no a otros. No es época de poner letras a himnos. Los himnos con música brillante y letra enardecida de que es ejemplo el a mi juicio más hermoso himno que existe, la Marsellesa, se escribieron en épocas de ardor bélico, espíritu de regimiento y convicción de estar a punto de mejorar el mundo a través de del esfuerzo humano y la confianza en la ayuda divina. Esta época nuestra, de escepticismo, desánimo y puesta en duda de todos los principios, lo es de una poesía preferentemente intimista que no casa con los himnos, cuya función es enardecer. Es complicado enardecer para seguir librando la batalla de la paz sin derramar la sangre ni empuñar las armas, que es por otra parte como a mi juicio debe progresar la humanidad con paciencia y esperanza irreductibles.

A pesar de todo, es domingo, es enero y de la mano del viento, ha llegado el frío, que pasa como un cuchillo, tocándonos con sus dedos largos y enhebrando gripe en los catarros fáciles, que, así, se convierten en cascadas de broncos tosidos, respiraciones angustiadas y febriles huidas al sudor de la cama, el embozo y el escalofrío.

Pleno invierno, sin nieve todavía más que el los heleros más altos, desde donde vigilan sus avanzadillas.

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