viernes, 18 de enero de 2008

Leo en unas memorias que cierta señora, una mujer, recuerda de cuando tenía tres años. No sé si es posible. Eco cuenta de las ráfagas de mi memoria de la época en que también los tuve y cierto hay retazos, jirones sin ilación, apenas huellas en la dureza impenetrable en que el pasado se consolida como un muro por detrás de nosotros como si nunca hubiese habido nada y las manos que solícitas, recogían nuestros pequeños fracasos de aprendices a andar en bicicleta –posiblemente un triciclo de madera o de hierro colado-, fuesen manos fantasmales, sin cuerpo doliente a través de que pasamos con tremendo dolor. Es un misterio este dolor de madre, ajeno todavía, con que nacemos, para morir después con dolor ya propio, inalienable. Puedes, podemos, puedo hacer que me representen para casi todo, para recoger un paquete en correos, para echar una bronca a alguien que en algún momento dependió de nuestras decisiones, para gobernarnos, ponernos límites y leyes, pero morir hemos de hacerlo personalmente, es un derecho y a la vez un deber personalísimo, que como tal nos concierne. Esta señora dice que recuerda de modo detallado cosas que les ocurrían a ella y a las personas de su entorno inmediato cuando ella estaba cumpliendo los tres años de su edad, los que tiene mi nieta pequeña, la que el otro día, cuando le contaba un cuento, me preguntó abriendo sus ojos inmensos con que expresó la pena que le daba si aquello de las brujas, los gigantes y demás barbaridades feéricas que le contaba eran mis pedsadillas: abuelo –se enternece la voz de los niños cuando aprenden esa palabra inaudita-, ¿son esas tus pesadillas?

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